El calendario marca una fecha que inevitablemente despierta nostalgia, respeto y emoción. Se cumplen tres años de la partida de Waldemar Victorino, un futbolista que no solo vistió la camiseta más gloriosa, sino que la defendió con un sentido de pertenencia y una estirpe ganadora inigualables. Su ausencia física sigue doliendo, pero la dimensión de su figura trasciende el paso del tiempo gracias a una huella indeleble construida a base de coraje, jerarquía y momentos inolvidables.

Hablar de Victorino es hablar del centrodelantero por excelencia en las paradas más bravas. En aquel inolvidable año 1980, Waldemar se transformó en el artífice de los festejos más grandes de nuestra institución: fue el encargado de romper la paridad en la final de la Copa Libertadores frente a Internacional de Porto Alegre y, poco tiempo después, llevó la bandera de Nacional a lo más alto del planeta marcando el tanto de la victoria ante Nottingham Forest en Tokio para alzar la Copa Intercontinental.

Sus goles no fueron simples tantos en una planilla estadística; fueron gritos consagratorios, de esos que cambian destinos y quedan grabados para siempre en la memoria colectiva. Waldemar fue el 9 que apareció cuando más quemaba la pelota, con la entrega y el oportunismo que caracterizan a los elegidos.

A tres años de su adiós, el homenaje no se limita únicamente al recuerdo nostálgico, sino al agradecimiento eterno por la gloria regalada y por haber dejado su nombre tallado en las páginas doradas del Decano del fútbol uruguayo. Su legado sigue vivo en cada rincón del Gran Parque Central y en cada generación que aprende a amar estos colores a través de las hazañas de sus máximos ídolos.

Waldemar Victorino es y será, por siempre, el 9 de los goles eternos.