Nacional hizo más para ganar. Logró ponerse en ventaja, controló buena parte del encuentro y, principalmente, volvió a mostrar una versión bastante distinta a la de aquellos partidos en los que el equipo directamente jugaba mal y prácticamente no generaba argumentos para quedarse con los tres puntos.

Hoy no vemos eso.

Desde la llegada de Daniel Carreño, Nacional no está jugando mal. Puede faltarle mucho, puede tener dificultades y todavía está lejos de ser un equipo terminado, pero últimamente merece bastante más de lo que termina consiguiendo.

Y ahí aparece lo difícil de explicar.

Por segundo partido consecutivo, en momentos decisivos del campeonato y cuando Nacional se está jugando muchísimo, el equipo recibe un gol sobre el final que le cuesta puntos.

Contra Juventud pasó en la hora. Ahora volvió a suceder ante Wanderers.

¿Es mala suerte? Hay una parte que seguramente sí.

Porque el empate de Wanderers llega mediante un remate desde muy lejos que termina entrando de manera espectacular. Son esos goles que aparecen cuando parece que absolutamente todo está dado para que algo salga mal.

Pero tampoco podemos quedarnos solamente con eso.

Faltando diez o quince minutos, Nacional volvió a retroceder. Volvió a permitir que el rival se acercara a su arco y nuevamente terminó jugando los últimos minutos demasiado cerca de su propia área.

Ahí hay algo para corregir.

No necesariamente significa salir desesperadamente a buscar otro gol, pero sí encontrar una manera de que el partido se juegue lejos del arco tricolor. Tener la pelota, presionar más arriba, encontrar variantes para sostener al rival en su campo. Porque cuando el equipo se mete atrás y deja venir, siempre queda expuesto a una jugada, un rebote o, como pasó esta vez, un zapatazo extraordinario.

Lo que más bronca genera es que Wanderers no había hecho méritos suficientes para llevarse el empate.

Esa es quizás la diferencia con el encuentro frente a Juventud. Aquel día el rival había tenido un buen primer tiempo y había encontrado momentos en los que complicó seriamente a Nacional. Esta vez la sensación fue diferente.

Nacional hizo más.

No jugó un partido brillante, pero tampoco hizo las cosas tan mal como para terminar dejando otros dos puntos por el camino.

Por eso queda una mezcla difícil de procesar: la tranquilidad de comprobar que futbolísticamente el equipo muestra otra cara y la enorme preocupación de ver que, cuando llega el momento de cerrar los partidos, Nacional no logra hacerlo.

Puede haber mala suerte.

Pero cuando pasa dos veces seguidas, también hay que empezar a buscar qué podemos hacer para que la suerte tenga cada vez menos posibilidades de decidir los partidos.