La carta de Diego

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Diego no pedía grandes cosas, sabía que los Reyes Magos iban a pasar por su casa pero sus padres le habían advertido que no había sido un buen año.

No era un alumno perfecto pero tampoco pasaba raspando, no le sobraba ni le faltaba. En esta Navidad le dejaron la mochila que necesitaba, esa con los colores más lindos, justo la que pidió.

– Dieguito, este año los Reyes andan pobres, así que no pidas demasiado.

Diego en el fondo lo sabía, hace mucho tiempo que los domingos al mediodía no veía una Coca Cola en la mesa. Y aunque el año pasado los Reyes le cambiaron su deseo por un pack de tres pares de medias, este año lo iba a intentar de nuevo.

Buscó el cuaderno que usó este año en la escuela, cortó cuidadosamente una de las hojas que sobraron al final, miró por las dudas que no haya nada escrito detrás, no vaya a ser cosa que los Reyes se confundan. Revolvió en su cartuchera, esa con un escudo enorme que le había regalado una tía, y encontró el sacapuntas para afilar el pequeño lápiz que le sobró de cuarto año.

“Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar: yo sé que el año pasado no pudieron cumplir mi pedido, pero este año les vuelvo a pedir lo mismo, quiero ver a Nacional campeón”.

– Otra vez le hacen falta medias. Dijo Mariela, su madre, cuando vieron con Pablo la carta de Diego.

Pablo no decía nada. No le salían palabras, o tenía miedo a pronunciarlas porque sabía que se quebraba. Apenas esbozaba su tímida sonrisa de costado, que llevaba un tinte de orgullo, con una mirada en la que se podía leer un “salió a mí”.

Pasaron unos años y Diego se decepcionaba, y Pablo también. No eran buenos años en su casa ni para el club de sus amores. Era tan estrecho el vínculo con su cuadro que entendía una especie de relación universal entre su vida y los campeonatos. Como un nuevo renacer en cada febrero, y un diciembre sin mucho por qué brindar.

– Papá, este año creo que voy a pedir otra cosa.

Pablo sabía que ese día iba a llegar. No dijo nada. Solo le pidió que lo siguiera. En el galpón junto a las herramientas, en un estante alto que solo se alcanzaba subiendo a una escalera, había una vieja caja. La bajó y abrió para Diego.

– Mirala. No me digas nada.

Estaba llena de papeles con la letra de su padre cuando niño. Habían cartas a Papá Noel y a los Reyes, y más allá de algún pedido especial, siempre se repetía el Nacional campeón.

– Miralas todas. Le avisó Pablo abriendo los ojos como si le estuviera poniendo un ultimátum para hacer los deberes.

Un poco aburrido sin encontrar nada que le llame la atención. Como si estuviera frente a un problema de matemáticas, Diego resoplaba y leía los repetidos deseos de copa que Pablo no se cansó nunca de pedir. Aunque algunos fueran acompañados de mensajes de agradecimiento por el Uruguayo, no dejaba de insistir en ver a Nacional tricampeón del mundo.

Una carta le llamó la atención a Diego, estaba escrita en dos párrafos, uno en azul y otro en rojo, y era la única que estaba adentro de un sobre, era para que se conservara el blanco del papel.

“Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar: ¡GRACIAS! Todos estos años valieron la pena. Soy la persona más feliz de este mundo. Este año no les voy a pedir nada.

Solo les escribo para agradecerles. En nombre mío y de mis padres, que están tan felices como yo porque cumplieron nuestro sueño”.

Diego no dijo más nada. Pero la cara le cambió completamente. Buscó el cuaderno de sexto año, cortó una hoja del final, sacó sus mejores lapiceras, cerró los ojos, que ahora ya no estaban más tristes, y pensó en su sueño, para poder escribirlo con palabras.

Por @danielcab7
laabdon.com.uy