“Se convirtió en una sana costumbre”

Corría el primer fin de semana del año 2000, pero no uno más. Lo que se había convertido en una costumbre y en una pasión de chiquito se trasladaba al Coloso más grande del país contra Huracán Buceo.

Todo convergía en esa tarde soleada de domingo, un viernes creo que lluvioso salía de la escuela y terminé los deberes para concentrarme en lo único que me importaba.

El sábado el tradicional rival cayó goleado con Defensor. Y ya de paso les cuento la pálida, así terminó el relato con lo que realmente valió la pena.

Era tanto el enloquecimiento que desde antes y después le comentaba todo a mi maestra sobre el partido. Sin duda influí en la tarea que nos mandó a hacer el lunes. Escribir un texto sobre lo que hicimos el fin de semana.

Escribí un relato desenfrenado y largo sobre el partido, mi maestra no compartía mi pasión, y lo que yo esperaba fuese un Sote, fue un tímido MB.

Pero lo importante fue el domingo, aquel sol de la Olímpica que brillaba como nunca, y tal como expresó mi hermano estábamos en presencia más cerca que nunca de una tribuna llena que alentaba sin parar desde la Ámsterdam en ese entonces. 

Todo parecía ideal, centro de Ruben Sosa, cabezazo por el segundo palo del “Buitre” Álvez que no olvidaré jamás. Era vivir en carne propia el relato de Carlitos Muñoz, otro gran responsable de esta pasión que sin duda si me lo cruzo hoy le daría un abrazo interminable.

Por otro lado, era un chico que idolatraba ciertos jugadores, Sosa y el “Gaby” Álvez (o el matador del Parque como le decía Carlitos) eran dos de ellos.

Tengo un vago recuerdo de que nos fuimos 1 a 1 al entretiempo con un gol de penal de un Tato.

Rodeados como nunca estos chicos (Daniel y yo) de cada vez más gente que entró comenzado el partido, no nos movimos de nuestros asientos esperando el segundo tiempo, con un sol que ya había pegado bastante y lo seguiría haciendo por un rato más, y con una sombra que empezaba a caer de a poquito desde la América-Colombes. Era toda una novedad.

Todo continuó siendo magnífico, Martín Del Campo, otro jugador que idolatré siempre, pisaba el área tal como a mí me gusta que haga un lateral (sin ir más lejos, hoy soy un Pachamaníaco), y sacaba un remate que infló la red de la Colombes, y con ello estábamos en ventaja nuevamente

Si les pareció filosófico o aburrido el relato queda una anécdota risueña para el final, el tercer gol, un centro largo para el Chengue (jugador que en principio no me gustaba por sus expulsiones frecuentes, pero que luego demostró por qué el Hugo lo llevó y se metió en el corazón de la hinchada), un cabezazo muy potente, detenido por el arquero, ¿detenido? Mi vista se destinó a verificar si continuaba volando por los aires un avión que iba directo al aeropuerto de Carrasco, cuando quise acordar todo el mundo se levantó a gritar el gol, la pelota se le había escabullido por abajo al arquero e ingresó despacito.

Pues bien, estos son los recuerdos más sobresalientes (de hecho, no me acuerdo ni qué almorcé, ni qué merendé) de aquella nueva experiencia que años más tardes se convirtió en una sana costumbre.

Trabajos han quedado de lado por seguir esta pasión, pero no me arrepiento. Estos colores me han hecho conocer personas magníficas que están en el día a día, volar por los aires cosa que de chiquito creía que era algo ficticio, conocer monumentos históricos, lugares y personas magníficos de casi toda Sudamérica, y me han inculcado valores más allá de lo que es ganar o perder en 90 minutos.

Alejandro Cabrera
laabdon.com.uy

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