Pelear hasta el final

La abuela no era hincha de ningún cuadro y no tenía un peso en el monedero. Pero todo lo que recibía era de sus hijos,nietos, o los abusadores de turno.


Peleó dos veces con el cáncer y creyó en la gente, todavía no sé qué la mató primero. 


No nací en cuna de oro, no sigo a Nacional hasta Saturno porque me sobre o haya heredado una fortuna. Lo hago por amor y sin esperar nada más que esa sensación que te aparece cuando ves la camiseta más linda entrando en cualquier cancha.


Cuando empezamos a viajar, surgió la locura de ir a Paraguay. Nos enteramos que salía un ómnibus y nos sumamos. Lo cierto es que no tenía con qué pagarlo. Soy el hermano mayor pero también el último en conseguir trabajo y el último en recibirse, mi situación no era muy diferente a cualquier estudiante.

Aquellos primeros viajes eran a base de mensualidades que se iban juntando en un viejo frasco de miel, ese al que una vez le pegué la tapa con gotita y con un alambre caliente abrí una ranura para que solamente entrara plata.


Ni siquiera estoy seguro que estos recuerdos sean ciertos, pero en mi cabeza aparece una imagen de la niñez donde los abuelos nos traían panchos de regalo. Y no sé qué sentía en ese momento, capaz los necesitábamos, ya tengo 30 años y la memoria no es aquella que aprendía las tablas, pero estoy seguro que alguien le agradeció como el día que me ayudó apagar ese viaje a Paraguay.


Ese partido con Libertad rompía lo que venía siendo una aventura normal de ir a Buenos Aires, significaba dar un paso más allá y hacer cualquier cosa por ver a Nacional, aunque fueran 24 horas de ida y 24 horas de vuelta. 


La abuela no estuvo presente ni en la mitad delos viajes que hemos hecho, y apenas pude contarle que tenía trabajo. Puedo imaginar la cara que pondría si nos hubiera visto en la tele, si nos leía hace un año cuando salimos en el diario, o las lágrimas al contarle hoy que al final me recibí.


Muchas cosas que aprendí en esta vida no vinieron a través de palabras, pero sí de gestos. Y muchas veces los interpreté con el tiempo. Ese día entendí que podés tener poco en el bolsillo, pero si ayudas a alguien que querés a cumplir un sueño, eso es lo único que interesa al final de este camino.


Y de todos esos gestos aprendí que los sueños no tienen precio, o más bien que no hay valor suficiente si un sueño está cumplido.


Y qué se yo si los voy a cumplir, si como la abuela hay tantos miles que se fueron de este mundo con más tristezas que alegrías. Pero hay algo de lo que sí estoy seguro, no tengas dudas que voy a ser el primero en romper ese frasco de miel.

Por @danielcab7
laabdon.com.uy

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