Llueve sobre mojado

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Cuán efímero es ser campeón, cuántas copas podés alzar, en cuántos brindis podés sostener esa emoción auténtica.

Mis pies chapotean en el agua estancada, la camiseta es mi piel, húmeda que tirita con cada soplo de un viento mentiroso de diciembre. Corre como cascada por mis lentes, no intento secarlos más, se me empaña todo el partido y todavía vamos cero a cero.

El gol. el abrazo. Todos los brazos. Gritar gol. Esbozar sonidos primitivos sin saber qué gritar porque tanta alegría no cabe en ninguna palabra.

Abrazarse. Seguirse abrazando como si fueran brindis de una copa que todos levantamos a distancia.

Ser campeón. Gritar campeón. Sentirse campeón. Alegría infinita.

Bajo las escaleras del estadio gritando cada vez más fuerte, es una estampida de cantos que rebotan en el techo y solo nosotros escuchamos. Porque es nuestro.

Mis pies vuelven a chapotear en el agua rancia de la escalera. Esa que hoy no esquivo. Soy un niño que quisiera saltar y salpicar a los demás y bancar cuando me toque esa agua podrida en la cara. Sonreír y olvidarme del grito furioso de mamá por ensuciarme la ropa nueva.

¿Cuánto podés sostener esa sonrisa de vacaciones? ¿Cuántos abrazos sinceros podés dar sin que tu cabeza piense en mañana? Sonreí. Festejá. Brindá. Abrazá. Hoy estás, hoy estuviste. Cuídate vos, cuida a los tuyos, levantá ese vaso, chocálo con el cielo, besá a los que ya no están.

Por @danielcab7