Hasta que florezca la luz del amanecer

Son las cuatro de la mañana y las únicas luces que se prenden son de teléfonos, ninguna de esperanza. Me siento el papel principal de una película. Pero una de esas apocalípticas.

La vaina venía demasiado bien. Los vuelos en hora, tremendas charlas de amigos con gente que recién conocía, jugadón del Santi y un gol de Lavandina para ganar. 

Por un rato me logré escapar de la angustia y volver una noche atrás, para recordar ese momento. Sentir que los jugadores gritaban el gol abrazados a vos y los que estábamos, fue de esas emociones que te pegan en el pecho sin pedir permiso.

El regreso a Caracas salió apenas retrasado, pero con tiempo suficiente, los planes estaban bien hechos. Mientras un almuerzo jugaba de merienda por el retrasadísimo check in, un súbito apagón oscureció parte del aeropuerto. No todo, todavía era de tarde. Inevitable pensar en unas horas atrás, cuando La Carolina quedó en penumbras en medio partido, y hasta Santi se eludió a tantos rivales a toda velocidad que incluso se gambeteó el segundo apagón. Ni el peruano se atrevió a parar esa obra de arte.

Pero pasaban las horas, comenzaba a bajar el sol y se acercaba la hora del vuelo.

Cada vez más en penumbras aferrados a la esperanza de que se hiciera la luz sobre la hora y volar sin problemas. Cuando quise acordar, lo único que veía eran esas sombras de la noche, camiones y autos yendo y viniendo por la pista, y uno soñaba con que uno de esos fuera el encargado de hacerte subir al avión. 

– ¡Pasajeros de Copa, pasajeros de Copa!
Fue la llamada al caos. Muerte a toda esperanza. El vuelo cancelado y sin ninguna certeza de cuándo sale. El apagón es en casi todo el país, esta película es cada vez más apocalíptica.

Fuimos premiados con una noche de hotel, para tratar de resolver cada uno su destino. O eso entendí. Hace unas pocas horas estaba en ese lujoso cuarto, tirado en la cama sin reacción ninguna. No funcionaba la señal de un chip, ni la del otro, no podía conectarme al wifi, el call center que podía solucionar nuestra situación siempre daba ocupado. 

¿Qué hago? 
Solo minutos después, una pequeña luz se prendía, la voz de uno de esos amigos que están siempre sonaba en un audio tranquilizándonos de que nuestro vuelo se reprogramó para 6:33. Ahora solo faltaba que volviera la luz al país.

Que sabotajes, que falta de mantenimiento, que Venezuela unida no será vencida, que gobierno, que oposición, que Maduro o Guaidó. Lo cierto es que yo extraño a los míos y los siento lejos.

Pasó media hora desde que empecé a escribir. Tengo gente roncando a mi lado. Tengo en frente una valija que dice Conmebol y no sé si pedirle ayuda o cuidar mis pertenencias. Linternas que se prenden como para sentir de a ratos que estamos vivos.

Estoy acostado en el aeropuerto mirando el techo. Los reflejos de las luces de camionetas que pasan afuera me hicieron viajar de golpe al cuarto de mis padres. Esa vez que papá me mostraba las imágenes que proyectaban las luces de los vehículos a través de la persiana.
No sé qué me entristece más, si ese recuerdo o que empezaron a prenderse luces y no duraron ni un minuto.
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Dejé este texto en medio de las penumbras, pero ahí se quedó mi estado de ánimo por varios días. La espera era angustiante. La angustia me ganaba y de a ratos también me ganaban las lágrimas.

Poco dinero, poco para hacer. Todo se caía, nada volvía. Solo luz en el hotel, sin wifi, sin poder pagar la estadía porque no funcionaban las tarjetas de crédito, apenas algo de señal para mandar desesperados sms que gritaban a lo largo de kilómetros las ganas de volver a casa.

Esos gritos llegaron. Ahí estaba la familia moviendo el universo, ahí estaba el Club al que tanto amamos y le damos, poniéndose al hombro nuestra desesperación. 

Esa obra macabra del destino hizo que media hora antes del partido con Boston River, se cayera el wifi. Y todo lo que se va en Venezuela, no vuelve.
Pasé de años yendo a todas las canchas a enterarme por un sms que me decía “empatamos 2 a 2, íbamos perdiendo 2 a 0”.

Después de interminables reprogramaciones, nuestro vuelo quedó para el domingo de nochecita. Nada hacía creer en locas esperanzas. Desde que se fue la luz, todos los vuelos se habían cancelado. 

– El que tenga comprobante y equipaje de mano, puede pasar a hacer el check in.
Y ahí descubrí que la voz celestial es bastante caribeña. Obra del destino, hace un tiempo decidí viajar sin bolsos ni maletas, solo una mochila con lo imprescindible. Algunos amigos lo saben bien, les juré ir a Japón con una mochila. Esa voz hoy me hizo nacer de nuevo. Pero entró la desesperación de conseguir un comprobante.

Corrí por Maiquetía atravesando enormes valijas, gente haciendo cola o durmiendo en el piso, un perro siberiano con su dueño que regalaban una postal aún más extraña a ese paisaje apocalíptico. Mi objetivo era llegar a la entrada, donde la poca señal que había era más sólida, dos intentos me costó encontrar a la persona indicada que miraba su celular. La cara de ese venezolano era todo: cansancio, angustia, desahuciado… pero tenía internet.

Avanzábamos casilleros y nuestra luz de esperanza empezaba a brillar, como las lamparitas que luchan por mantenerse encendidas en una noche de tormenta.

Esos trámites rutinarios y a veces tediosos para viajar, hoy eran surreales. Enormes colas de gente abanicándose con el pasaporte, con una revista, con ese pasaje escrito a mano que todos teníamos. El cacheo era lo más parecido a un clásico en las épocas sin detector de metales, pero con mucha más ropa para revisar. Lo más sofisticado que vi fue el sello en el pasaporte.
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Son las cuatro de la mañana. Tuve mi segunda comida en el día, otra vez arriba de un avión, y estoy volviendo a casa pensando en todos los abrazos que tengo para dar.

Por @danielcab7
laabdon.com.uy