El cielo se parte en dos

El mundo se nos venía encima, se nos iban las dos tablas, el equipo no se encontraba, la pelota que no quiere entrar y esa suerte del campeón que se nos fue del barrio.

@mica_ph

Unas nubes engañaban el comienzo de la primavera, pero hacían más agradable la tarde de fútbol. El Pacha la colgó del ángulo y la tarde se ponía todavía mejor.

Presagio o casualidad, justo llevamos la 22 en la espalda.

El comienzo del segundo tiempo fue como un botón que activó el diluvio. Apenas si un par de gotitas avisaron para que diera tiempo a abrir el paraguas o ponerse la campera. Pero había que estar rápido, porque en cuestión de segundos, para los que no llevamos nada, la camiseta era nuestra piel. 

No hay sensación parecida a alentar a tu equipo bajo una lluvia impiadosa. No es como ganar un clásico, ni en la hora, tampoco es como ganar de visitante en el exterior, pero volvés a tu casa con ese mismo orgullo en el pecho. No hay razón que lo explique ni circunstancia del partido que lo amerite, empezás a gritar más fuerte y hasta los dt de la tribuna callan sus críticas para empezar a cantar con vos. 

Cómo volvés a tu casa en esas condiciones y la gripe que te podés agarrar serán problemas a resolver cuando lo termine el juez, el momento está precioso y hay que disfrutarlo, ya poco importa el partido, casi no lo podés ver. Mirás para cualquier parte y ves a todos como vos, desalineados, tapándose con una bolsa, haciéndose una visera como si pudieras parar una ola con la mano. Todos gritando cada vez más fuerte, y alguno agitando algún paraguas que todavía sobrevive.

Pero el mundo se nos vino encima. Pasó un instante entre las primeras tímidas piedras que cayeron en la cancha y las que terminaron bombareándonos en la tribuna. Te cubrís la cabeza, te ponés de espalda para que no te agarre una traicionera, pero no podés escapar. Fueron segundos que dejaron imágenes perpétuas. Sentirte en un paredón donde los tiradores no tienen piedad.

La furiosa lluvia de granizos formaba un extraño silencio que solo se rompía con algunos gritos de dolor y de insultos a la madre naturaleza que castigaba duro.

Había que escapar de ese feroz ataque, todos nos fuimos, como si alguno hubiera encontrado un lugar seguro y le avisó al resto. 

Afuera, los que llevan botas se cubrían bajo el primer techo que se veía, rodeados de vallas, como no queriendo compartir ese escondite. Pero todavía quedaban techos, vecinos de corazón gigante nos abrieron sus puertas para escabullirse un rato. Niños con miedo a pesar de estar protegidos, algunas frentes que denunciaban el piedrazo, camisas teñidas de sangre.

Un manto de hielo cubrió la cancha, por un rato Belvedere se volvió Anfield en un crudo invierno británico. Y nosotros ahí, estoicos y con la alegría haberle ganado a esa embestida cruel, en una batalla que, sin embargo, todavía nos tiene preparado un final.

Por @danielcab7
laabdon.com.uy

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