Diario de pandemia

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En la escuela o en la facultad jamás me hablaron de una pandemia tanto como de batallas aburridísimas. En ningún libro de liceo la historia se cuenta con goles.

Ningún profe me dijo lo jodido de vivir en una pandemia, siempre me asustaron con las guerras por el agua.

Miré un partido de la liga bielorrusa para calmar mi ansiedad de ver rodando una pelota en vivo. Volví a ver la eliminación en la Bombonera para comprobar si la herida del penal del “Colo” había sanado, y ni siquiera llegué a ese momento que casi rompo en un llanto al ver hermanos emocionados cuando el Seba la picó. Ni ahí de sanar.

Cada semana se me apreta el pecho al cancelar la cancha de fútbol 5, y se renueva instantánteamente una vacía ilusión de confirmar la próxima vez.

Siento que necesito subirme a un ómnibus y pasear por barrios nuevos con destino a alguna cancha. Miro el mismo paisaje de todos los días por mi ventana y extraño hacer fila con un furioso sol en una tarde de verano. Extraño que me hagan sacar el gorro y los lentes para pasar delante de una cámara que seguramente no funciona. Fantaseo cómo sería si también me pidieran que me retire el tapabocas.

Tengo ganas de volver a caminar junto al alambrado esquivando al que cuelga su trapo, mientras con la mirada busco algún asiento imaginario en la tribuna y me voy encontrando abrazos de amigos.

Detesto actualizar una página esperando que carguen las entradas, porque nunca, jamás nunca te dicen a qué hora abre la venta. Y hoy lo extraño tanto como el pastel de crema de mamá.

No quiero ver más a Álvaro Delgado agradeciendo la pregunta, quiero al “Negro” Munúa poniéndose el cassette ante cualquier pregunta estúpida de esos jóvenes periodistas cortados por la misma tijera.

Extraño la insoportable existencia de vivir a las apuradas, de cumplir y llegar a tiempo.

Porque al fin y al cabo siempre hay un herrumbroso portón para cruzar que detrás esconda un manto verde regándose.

 

Por @danielcab7
laabdon.com.uy